Bosques centenarios y flora atlántica.

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La configuración natural del entorno geográfico de Covadonga, y en general la de los Picos de Europa, se ve moldeada por pronunciados relieves altitudinales. Desde el punto más bajo, ubicado a 130 metros en el río Dobra, hasta la cima de Peña Santa de Castilla, a 2,596 metros, se extienden aproximadamente 15 kilómetros en línea recta. Esta topografía conlleva que, debido a la rápida variación de las condiciones climáticas generales en distancias cortas, se experimenten cambios significativos.

Se acepta una disminución de medio grado centígrado por cada 100 metros de ascenso en estos parajes. Dado que los seres vivos se adaptan a diversas condiciones ambientales, podemos identificar distintos ecosistemas naturales según las condiciones climáticas predominantes. En la Región Eurosiberiana, basándonos en indicadores térmicos, se reconoce la presencia de cinco pisos bioclimáticos caracterizados por ecosistemas peculiares que se suceden en altitud. Cuatro de estos pisos son claramente distinguibles en el Parque Nacional y servirán como referencia para describir las comunidades biológicas que lo habitan.

Las zonas bajas, generalmente ubicadas a altitudes inferiores a los 600 metros, caracterizadas por inviernos suaves y de breve duración, conforman el denominado piso colino. En este entorno, con suelos profundos y frescos formados sobre rocas madre calcáreas, la vegetación evoluciona hasta desarrollar bosques maduros compuestos por diversas especies arbóreas planocaducifolias. Entre estas especies destacan el fresno común (Fraxinus excelsior), el roble, conocido como «carbayo» en asturiano (Quercus robur), el olmo de montaña (Ulmus glabra), el arce o «plágano» (Acer pseudoplatanus), los tilos de hoja grande y de hoja pequeña (Tilia platyphyllos y Tilia cordata), el avellano (Coryllus avellana) y la espinera (Crataegus monogyna). En el sotobosque, prosperan múltiples helechos, como la lengua de ciervo (Phyllitis scolopendrium) y el Polystichum setiferum, entre otros.

En los escasos lugares de estas zonas bajas del Parque Nacional, donde la roca madre presenta un carácter ácido, el robledal experimenta una notable empobrecimiento en especies, persistiendo el roble aunque, por lo general, ha sido reemplazado artificialmente por el castaño (Castanea sativa). A lo largo de las orillas de los ríos en estos territorios basales, diversas especies arbóreas encuentran su hábitat, entre las cuales se incluyen el aliso (Alnus glutinosa) —que requiere raíces encharcadas para subsistir— y varias especies del género Salix, es decir, sauces.


Sobre los suelos calcáreos más secos y expuestos de estas áreas colmadas del Parque Nacional pueden surgir, como se observa en la zona del Cares, bosques relictos caracterizados por la presencia predominante de especies de hojas perennes esclerificadas. Entre ellas, se destacan la encina o «carrasca» (Quercus rotundifolia), la encina híbrida (Quercus x ambigua), el aladierno (Rhamnus alaternus) y el labiérnago (Phillyrea latifolia). A menudo, se les une la cornicabra (Pistacia terebinthus), de hojas caducas, que suele exhibir agallas rojas distintivas, a las que hace referencia su nombre en castellano.


La destrucción ancestral de estos bosques para la creación de pastizales de siega ha sido una actividad humana persistente. Estos campos abiertos, evidentes en las proximidades de los núcleos habitados del Parque, como Covadonga y Caín, están mayormente dominados por gramíneas como el «ballico» (Lolium perenne) y la cola de perro (Cynosurus cristatus), así como leguminosas como el trébol blanco (Trifolium repens). Separando estos prados, es común encontrar setos vivos compuestos por árboles, arbustos y zarzas del género Rubus, que albergan una variada comunidad faunística. Las praderas de diente, identificadas por la presencia de la gramínea Brachypodium pinnatum subsp. rupestre, y los matorrales de degradación son otras unidades vegetales característicamente presentes en el piso colino de Covadonga. Estas áreas, frecuentemente visitadas por el ganado en libertad, se ven invadidas por el helecho común (Pteridium aquilinum).

Los terrenos ubicados entre los 600 y 1,700 metros de altitud, considerando las correspondientes variaciones topográficas, pertenecen al piso bioclimático montano. En esta franja, caracterizada por inviernos más rigurosos y extensos, con heladas presentes en la mayoría de los meses, a excepción del verano, se desarrollan los robustos bosques maduros donde el haya (Fagus sylvatica) llega a ser dominante y prácticamente exclusiva. Esto le ha otorgado la merecida distinción de ser constantemente citada como el árbol más representativo del espacio protegido.

Tanto en suelos frescos y profundos como en roquedos muy carstificados, los hayedos salpican el Parque Nacional en estas altitudes, formando en algunos casos manchas extensas e individualizadas. Ejemplos notables incluyen el Monte de Pome en Cangas de Onís y el de Corona en Valdeón. En compañía de las hayas, suelen aparecer en el sotobosque acebos (Ilex aquifolium) —de gran importancia en la ecología invernal al proporcionar refugio y alimento a numerosas especies animales—, mostajos (Sorbus aria) y ocasionalmente algún roble albar (Quercus petraea). En la zona suroeste del Parque, donde predominan los materiales silíceos, emergen bosques dominados por el abedul (Betula pubescens subsp. celtibérica), con la participación adicional del serbal de cazadores (Sorbus aucuparia) y el roble albar, entre otros. En las laderas del Pico Abedular, al sur del territorio protegido, se encuentran los ejemplares más característicos de estos bosques, como lo sugiere acertadamente su topónimo.

El tejo (Taxus baccata), presente de manera dispersa sin formar poblaciones extensas, y el quejigo (Quercus faginea), que da lugar a pequeños bosquetes en la zona leonesa al sur del Monte Corona, son dos de los árboles más emblemáticos de la Montaña de Covadonga. A lo largo de las riberas de los torrentes, es fácil avistar un arbusto endémico del norte de España, el sauce cantábrico (Salix cantabrica), cuyas hojas plateadas con pelos sedosos en ambas caras lo hacen inconfundible.

En este piso montano es donde se extienden las amplias praderas de diente, características distintivas del Parque, las cuales sostienen una próspera cabaña ganadera y una abundante comunidad de herbívoros salvajes.

Los matorrales montanos abarcan diversas tipologías, clasificadas según su composición florística y la morfología peculiar de las especies que los conforman. En áreas rocosas calcáreas, prosperan espinares dominados por el agracejo cantábrico (Berberis vulgaris subsp. cantabrica) y el escuernacabras (Rhamnus alpina). Más frecuentes son los matorrales liderados por especies de porte pulviniforme, que también descienden al piso colino y alcanzan el subalpino. Estas comunidades basófilas se distinguen por la presencia del endemismo Genista legionensis, conocido como enabio, acompañado por su congénere Genista occidentalis, así como otras pequeñas matas como Lithodora diffusa y los Helianthemun canum y urríelense, este último siendo un microendemismo picoeuropeano.

Los piornales en Covadonga son escasos y se desarrollan exclusivamente en suelos ácidos de roca madre silícea, por lo que su presencia es marginal, principalmente en la zona suroeste.

Los brezales tienen una representación limitada en el Parque, principalmente debido a la escasez de materiales silíceos aflorantes. Están compuestos por diversas especies de ericáceas, a menudo acompañadas por un tojo recientemente identificado como Ulex cantabricus. Estos brezales, que también se extienden hasta el piso colino, son muy periféricos en el contexto de este entorno.

En la amplia diversidad de las denominadas plantas inferiores que colonizan las zonas bajas y medias de Covadonga, como algas, hongos, líquenes, musgos y hepáticas, cabe destacar la presencia de algunos macrolíquenes. La existencia de estos organismos denota una calidad excepcional del aire en este entorno protegido. Sobre las cortezas de los árboles, habitan numerosas especies que han desaparecido o están en vías de extinción en gran parte de Europa Occidental debido a la contaminación atmosférica.

Destacan Menegazzia terebrata, que se considera extinto en muchos lugares y aún se puede encontrar en el Monte de Pome sobre las cortezas de hayas y acebos. Además, las grandes y colgantes usneáceas son particularmente abundantes en áreas donde persisten las nieblas, siendo las más representativas Usnea longissima, Usnea articulata y ejemplares enormes de varias especies de Alectoria. Este conjunto de macrolíquenes contribuye significativamente a la diversidad biológica de la región, siendo indicadores valiosos de la calidad ambiental del aire en el Parque Nacional de Covadonga.

Las zonas subalpinas y alpinas, desprovistas de vegetación arbolada y arbustos altos debido a la falta de especies adaptadas a los rigores climáticos de estas latitudes, se sitúan por encima de los 1,700 metros sobre el nivel del mar. En estas altitudes, los inviernos son extremadamente severos, con posibilidad de heladas en cualquier época del año. El piso subalpino, con inviernos especialmente fríos, se extiende hasta los 2,300 metros de altitud.

En esta región bioclimática, la vegetación madura se manifiesta en los enebrales rastreros, donde el enebro (Juniperus alpina), la gayuba (Arctostaphylos uva-ursi) y la laureola o torvisco (Daphne laureola) son dominantes. Sobre suelos desnudos, se desarrollan diversos tipos de pastizales dispersos, caracterizados por la presencia de numerosas especies endémicas de las montañas cantábricas. La combinación única de condiciones climáticas y la adaptación de la flora en estos pisos subalpino y alpino contribuyen a la singularidad y biodiversidad de la Montaña de Covadonga.

El piso alpino, marcado por inviernos extremadamente fríos, representa una región bioclimática donde ya no se encuentran vegetales leñosos, incluyendo los enebrales rastreros. Como señaló Alejandro Pidal en la necrología de Frassinelli, las últimas matas de enebro anticipan la región de las peñas y de las nieves. Este piso emerge por encima de los 2,300 metros de altitud, y en él, la vegetación superior, cuando está presente, se limita a pastizales caracterizados por la ciperácea Elyna myosuroides y la leguminosa Oxytropis pyrenaica. Además, algunos líquenes ártico-alpinos, como la Cetraría juniperina var. terrestris de color amarillo y la Ochrolechia upsaliensis, también están presentes en estas elevadas altitudes.

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