El agua esculpe la Montaña de Covadonga.

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El alma del agua come la calcárea.


Covadonga se erige como un típico parque de montaña donde la Geología ostenta su supremacía sobre el paisaje, revelando a los geólogos una historia apasionante marcada por profundos cambios y una antigüedad notable. El sustrato rocoso que impera en el Macizo de Cornión y en toda la extensión de los Picos de Europa tiene una naturaleza sedimentaria. Principalmente, los materiales carbonatados, representados por calizas de tonalidades grises, se remontan a la Era Paleozoica, específicamente al Período Carbonífero, transportándonos aproximadamente 350 millones de años atrás en el tiempo.

Durante este vasto periodo, los sedimentos se acumularon gradualmente en el lecho de un mar de aguas cálidas, formando a lo largo de millones de años una densa capa que alcanzó cientos de metros de altura. La presión generada por su propio peso compactó estas rocas calcáreas. Los movimientos de la corteza terrestre indujeron una intensa deformación de estos materiales, desplazándolos y dando origen a una serie de cabalgamientos que resultaron en la formación de un considerable espesor de calizas. Con el transcurso de las eras geológicas, estas emergieron del océano en el que se habían depositado, revelando así la majestuosidad de un paisaje modelado por la fuerza incesante de la naturaleza.

Hace aproximadamente 290 millones de años, las fuerzas orogénicas entraron en acción sobre la superficie terrestre, dando inicio a un proceso de plegamiento y ondulación de materiales aún maleables. Este episodio marcó el surgimiento de las Cordilleras Hercinianas, un hito en el nacimiento de Europa, y la configuración de un paisaje montañoso y accidentado en el norte de la Península Ibérica. Sin embargo, con el transcurrir de miles de siglos, estas montañas fueron erosionadas por agentes atmosféricos, transformándose gradualmente en llanuras de topografía suavemente ondulada.

Tras un prolongado periodo de reposo, se desencadenó una nueva fase de actividad orogénica que condujo a la formación de los Alpes y los Pirineos, devolviendo a la tierra su característico relieve montañoso. Este fenómeno ocurrió hace aproximadamente 30 o 35 millones de años, cuando el suelo se fracturó y grandes placas tectónicas cabalgaron unas sobre otras, elevándose en el proceso. Desde entonces, los cambios climáticos han desempeñado un papel crucial en la peculiar morfología que define actualmente los Picos de Europa.

Bajo condiciones subtropicales, se desarrolló un proceso erosivo significativo: la carstificación, denominada así en honor a la región de Karst en la antigua Yugoslavia, donde estos fenómenos son prominentes. La erosión se manifiesta en la disolución de las calizas por el agua de lluvia, un proceso facilitado por la presencia de dióxido de carbono en la atmósfera. Este gas, al disolverse en el agua, reacciona con el carbonato cálcico presente en las rocas carbonatadas, transformándolo en bicarbonato cálcico, cuya solubilidad permite que el agua lo arrastre.

La reversibilidad de esta reacción posibilita la deposición del carbonato, formando costras y concreciones, dando origen a las estalactitas y estalagmitas tan características en el interior de grutas y cavernas. Estos procesos, no uniformes en la superficie rocosa, dan lugar a zonas de penetración del agua, creando un submundo de simas y cavernas que se forman a lo largo de fracturas y fallas. Este complejo sistema incluye pozos, galerías y la erosión continua del macizo calcáreo. En el Macizo de Cornión, se han explorado más de mil cavidades, dando lugar a una intensa actividad espeleológica que se extiende por todo el conjunto de los Picos de Europa.

Río Dobra
Río Dobra

El Sistema del Trave, ubicado en Los Urrieles, alcanza una profundidad impresionante de 1.441 metros, siendo la sima más extensa de las conocidas en los Picos de Europa y una de las mayores del mundo. En 1985, espeleólogos de la Universidad de Oxford realizaron un descenso de 1.135 metros en el Sistema de Jitu, cercano a la Vega de Ario, dentro del Parque Nacional. A pesar de estos logros, las dificultades técnicas aún impiden comprender completamente la extensión del complejo subterráneo del carst de los Picos de Europa.

En los alrededores del macizo cárstico surgen diversas depresiones y hundimientos, conocidos localmente como «jous», que permiten la entrada de agua al interior. Cuando estas formaciones se vuelven impermeables debido a la acumulación de sedimentos arcillosos, se originan lagos, como los célebres Lagos de Covadonga (Enol y Ercina), destacados atractivos paisajísticos del Parque Nacional.

Las grandes depresiones cársticas de fondo plano reciben el nombre técnico de poljé, siendo uno de ellos los Llanos de Comeya, que abarca casi 2 km de longitud y alcanza una anchura máxima de unos 700 metros, visible al norte de los lagos. Además, la superficie rocosa exhibe fascinantes acanaladuras y crestas, conocidas como lapiaces por los geólogos, que destacan de manera espectacular en la Montaña de Covadonga.

Sin embargo, la historia climática de los Picos de Europa no se limita al dominio subtropical. Hace aproximadamente treinta mil años, se desencadenó un enfriamiento gradual que provocó un endurecimiento climático, cubriendo estas majestuosas montañas con nieves perpetuas y dando inicio a un período de glaciaciones. Estas glaciaciones se sucedieron en varias ocasiones, intercaladas por intervalos de climas más templados.

Durante estos episodios glaciares, el poder erosivo de los hielos esculpió una morfología distintivamente glaciar, dejando su huella en el Macizo de Cornión y en el conjunto montañoso del norte peninsular. A altitudes superiores a 900 metros sobre el nivel del mar, se pueden observar cirros, valles y morrenas glaciares, entre otras formaciones de origen glaciar, que atestiguan la transformación de estas tierras bajo el influjo implacable de las glaciaciones.

Uno de los glaciares más imponentes cuyas marcas aún perduran en el Parque Nacional descendía desde el circo de la Torre de Santa María hasta el valle del río Casaño. En su trayecto, dejaba a su paso las cubetas cársticas que dieron origen a los emblemáticos lagos Enol y Ercina. Entre ellos, se puede contemplar una de las numerosas morrenas, testigo silente de aquel pasado gélido. Las «cembas», los actuales neveros permanentes, representan modestas herederas de aquellas glaciaciones, siendo la más reciente hace unos quince mil años, cuando ya había comenzado la ocupación humana de estos territorios.

En la actualidad, con los hielos retirados, los procesos cársticos continúan moldeando el sistema, colaborando con otros agentes erosivos. La superposición histórica de estos procesos ha dado forma a un paisaje escarpado, repleto de cumbres, farallones, cortados, gargantas, depresiones, hundimientos, y otras formaciones, convirtiendo a la Montaña de Covadonga en un lugar excepcionalmente rico en características superficiales.

En cuanto a la red hidrográfica externa del Parque Nacional, cabe señalar que está configurada por un tramo de los ríos que lo delimitan, como son el Cares y el Dobra, junto con algunos de sus afluentes y las masas lacustres mencionadas previamente. El río Cares, afluente del Deva de origen cántabro, confluye con este último cerca de Panes (Asturias), y nace en la vertiente septentrional de la Cordillera Cantábrica, con su cuenca alta situada en el valle leonés de Valdeón.

Desde el pueblo de Cordiñanes, aguas abajo, el río atraviesa pequeños desfiladeros y, en las inmediaciones de Caín, forma un imponente tajo conocido como la Garganta del Cares, que actúa como línea divisoria entre los Macizos Occidental y Central de los Picos, sirviendo como límite al Parque Nacional. Este río ha sido aprovechado para la generación de energía eléctrica, contando con una presa en el inicio de la Garganta que desvía agua a través de un canal construido en la margen izquierda entre 1917 y 1924. Este canal lleva el agua hasta el pueblo de Camarmeña, en Cabrales, desde donde, mediante una tubería forzada, llega a la central eléctrica de Poncebos, con un desnivel de 230 metros.

Paralelamente al canal, se extiende una senda que, al igual que él, fue excavada en la roca, aunque unos años más tarde, entre 1942 y 1949. Esta ruta, conocida como la «Garganta Divina», abarca unos 12 km de longitud, la mayor parte de ellos en terrenos del Parque Nacional, y está formada por una sucesión de túneles, puentes y repisas desde donde se puede contemplar un paisaje excepcionalmente hermoso. Debido a su accesibilidad y atractivo visual, la «Garganta Divina» es una de las rutas más frecuentadas en este espacio protegido. Además, el Cares recibe por su margen izquierda el aporte de pequeñas riegas y torrentes que descienden del Cornión.

El río Dobra, un afluente del Sella de origen leonés, que nace en el Puerto de Dobres y actúa como límite en gran parte de su recorrido dentro del Parque Nacional. Su cuenca alta, adornada con hermosos bosques, algunos de los cuales no forman parte del espacio protegido, se ve cerrada por el desfiladero de Carombo. Al final de este desfiladero, se encuentra una presa destinada al aprovechamiento hidroeléctrico, formando el embalse de la Jocica.

Después de atravesar las praderías de Angón, al pie del Murallón de Amieva, donde se abre el Mirador de Ordiales, el Dobra se encaja en las calizas, creando un impresionante desfiladero que solo es transitable mediante técnicas de descenso de cañones. En el punto conocido como Mecedura de los Ríos, por su margen derecha, el Dobra recibe las aguas de la red hidrográfica superficial más significativa del Parque Nacional: los ríos Junjumia, que nace por encima de Vegarredonda, y Pelabarda. A su vez, el río Pelabarda se forma en el Monte de Pome, donde se unen los ríos Pomperi y La Beyera, junto con la riega de Fana.

La travesía única del río Dobra, destaca su importancia como límite natural en el Parque Nacional, resalta la espectacularidad de sus características geográficas, desde el imponente desfiladero de Carombo hasta el fascinante desfiladero tallado en calizas y la confluencia en la Mecedura de los Ríos, donde se entrelazan las aguas de diversos afluentes destacados.


El modesto río Las Mestas, que se sumerge en la Cueva de Orandi al final de un encantador valle sin salida, renace nuevamente bajo la Cueva de Covadonga para dar origen al río Deva. Este último, afluente del Güeña, se une finalmente al río Sella en Cangas de Onís. Asimismo, la zona alta del río Casaño, que contribuye al Cares y se encuentra con él en Arenas de Cabrales, constituye otro curso de agua de consideración que merece ser destacado como parte integral de la red hidrográfica del Parque Nacional.

Los Lagos de Covadonga, conocidos simplemente como «Los Lagos» para los asturianos, se encuentran en el concejo de Cangas de Onís y constituyen las masas de agua más icónicas dentro del espacio protegido. El lago Enol, a una altitud de 1,070 metros, exhibe una forma redondeada con unas dimensiones de aproximadamente 515 metros de largo por 315 metros de ancho, cubriendo una superficie de alrededor de 12 hectáreas y alcanzando una profundidad de 23 metros. Por su parte, su contraparte, el lago Ercina, se ubica a 1,108 metros de altitud y presenta una forma más alargada y compacta, siendo menos profundo que su compañero. Este último cuenta con una superficie de aproximadamente 8 hectáreas y una profundidad máxima que oscila entre 2 y 3 metros.

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