El Parque, cruce y paso entre espacios protegidos.

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Los trashumantes, sedentarios y demás trashumantes.

Los osos pardos (Ursus arctos), antaño fueran protagonistas en los Picos de Europa y zonas de influencia se quedaron con el paso del tiempo a desaparecer completamente y salvo algunos ejemplares que procedían de los montes de Riaño que se acercan por los bosques limítrofes y penetran por la zona suroriental de nuestro espacio protegido, en tierras de Amieva y Valdeón.

La presencia histórica del oso en esta región está bien documentada, remontándose a las crónicas más antiguas del Reino de Asturias. Una de ellas es la Crónica Albeldense, escrita en el año 833, que menciona al oso en el contexto del breve reinado de Favila, hijo y sucesor de Pelayo. Esta crónica narra su trágico fallecimiento con estas palabras: ‘…reinó dos años y a causa de su imprudencia fue muerto por un oso’. Este incidente, ubicado tradicionalmente cerca de Cangas de Onís, ha quedado inmortalizado en el arte y la cultura local. Por ejemplo, en el Monasterio románico de San Pedro de Villanueva, ubicado en el mismo concejo, los capiteles de la iglesia representan la muerte de este rey, al igual que en el claustro de la Catedral de Oviedo.

Además, la historia continúa siendo relevante siglos más tarde. En el siglo XVI, Ambrosio de Morales, en su viaje ordenado por Felipe II, expresó su sorpresa al ver más de doscientas lanzas clavadas en la explanada de la iglesia de Santa Eulalia de Abamia. Al indagar sobre este peculiar espectáculo, le explicaron que las lanzas eran para defenderse de los osos, aún abundantes en la región y considerados una amenaza real por la población local.

En sus escritos, el Conde de Saint Saud relata un encuentro con un grupo de cazadores liderados por el Conde de la Vega del Sella, Ricardo Duque de Estrada. Este grupo transportaba el cadáver de un oso en un mulo cerca del lago Enol el 18 de septiembre de 1891. Unas décadas más tarde, en 1921, Joaquín Vilar Ferrán, en su obra ‘Topografía Médica del Concejo de Cabrales’, ya señalaba a esta especie como en peligro de extinción.

Otro episodio relevante ocurre el 8 de agosto de 1926, en la majada de Ario, dentro del Parque Nacional. Aurelio de Llano Roza de Ampudia, entonces Delegado Regio de Bellas Artes, documentó un incidente notable. Una pastora llegó al lugar informando de una vaca herida, sugiriendo que el responsable podría ser un oso, ya que ‘el lobo hiere de otra manera’. Tras examinar un puñado de pelos recogidos en los espinos, los pastores confirmaron que eran de un oso. Sin embargo, expresaron su frustración por no poder cazar al animal debido a las restricciones del Parque Nacional

La trágica práctica de utilizar venenos, junto con la caza furtiva, provocó lamentablemente la desaparición del oso pardo en estas tierras, así como en otras muchas zonas de la Cornisa Cantábrica. Sin embargo, en la actualidad, surge una luz de esperanza. Si la población de osos pardos en la región oriental continúa creciendo, es posible que la emblemática Montaña de Covadonga y el futuro Parque Nacional de los Picos de Europa puedan volver a albergar en sus dominios a esta joya de la fauna del occidente europeo. La posibilidad de que estos magníficos animales vuelvan a pasear libremente por estos paisajes es un anhelo que, día tras día, se acerca más a convertirse en realidad.

El lobo ibérico (Canis lupus subsp. signatus), un formidable depredador, enfrenta una situación extremadamente frágil en este espacio protegido. Durante siglos, este animal ha sido perseguido implacablemente debido a los daños que ocasiona en los rebaños. Esta persecución, que incluía batidas, destrucción de camadas, trampas y, sobre todo, el uso indiscriminado de venenos, provocó su desaparición de la Montaña de Covadonga.

Aurelio de Llano, refiriéndose a la abundancia de lobos, acuñó la frase «día de niebla, día de lobos». Él mismo fue testigo de varios ataques a ganado en distintas áreas de los Picos de Europa, y la caza de lobos ha dejado su huella en la toponimia de la región. Nombres como Pozabal, Pozobal, La Trapa, entre otros, sugieren la presencia histórica de trampas para capturar lobos, osos y otras presas.

Dentro del Parque Nacional, cerca del pueblo leonés de Cordiñanes, en el Monte Corona, se encuentra una intrigante construcción llamada Pozo o Chorco de los Lobos. Esta estructura circular de piedra, de aproximadamente 3 metros de diámetro, posee un agujero o ventana en su parte superior trasera —adaptada al terreno inclinado— y una pequeña puerta en la parte inferior frontal para acceder al interior. Dos empalizadas densas en forma de embudo conducen a esta ventana. Durante las batidas, los animales eran dirigidos a través de las empalizadas, con cazadores ocultos en garitas entre las estructuras de madera para impedir su retorno. Al alcanzar el agujero de la estructura de piedra, los lobos saltaban al interior y quedaban atrapados. Este método de caza estaba meticulosamente regulado por las Ordenanzas de Montería del Concejo de Valdeón, siendo la última edición de estas en 1964.

Casiano de Prado, en su visita de 1856, recogió un testimonio fascinante sobre la efectividad del Chorco de Corona. Según le informaron en aquel entonces, en un período de cuarenta y seis años se habían capturado mediante este sistema más de sesenta lobos y, sorprendentemente, solo un oso. Esto se debía a que los osos, por naturaleza, tienden a frecuentar áreas más remotas, escalando peñas altas y adentrándose en cavernas, lugares donde la caza requería de métodos más especializados.

En la actualidad, el Chorco de los Lobos, que ha sido reconstruido por la Administración del Parque Nacional, se ha convertido en uno de los puntos de interés más visitados del parque. Su popularidad se debe en parte a su ubicación estratégica en el comienzo de la Ruta del Cares, uno de los senderos más emblemáticos y transitados de la zona. Según estimaciones recientes, se cree que existen entre dos y tres lobos en las áreas altas del Parque. Estos lobos son el centro de continuas polémicas, especialmente debido a los daños reportados en las zonas bajas de la parte asturiana del parque. No obstante, se ha demostrado que muchos de estos daños han sido causados por perros cimarrones, algunos de los cuales han sido abatidos, aclarando así la situación.

Sin lugar a dudas, el rebeco cantábrico (Rupicapra pyrenaica subsp. parva) es el emblema de la gran fauna del Parque de Covadonga. En la actualidad, se estima que la población de rebecos ronda las cinco mil cabezas. Conocidos localmente como «robezos», estos animales forman rebaños que, durante el verano, ascienden a las altitudes más elevadas, mientras que en los inviernos más crudos buscan refugio en los bosques de las zonas bajas.

El corzo (Capreolus capreolus), otro herbívoro, es actualmente el único cérvido presente en el parque. Esta especie habita en todos los bosques y praderas de las zonas bajas. Sin embargo, hubo intentos fallidos de introducir otras especies de cérvidos en el parque. Por ejemplo, en 1963 y 1965, se liberaron doce gamos (Dama dama) provenientes del Parque del Palacio de Riofrío en Segovia. Entre 1957 y 1965, se intentó reintroducir el ciervo (Cervus elaphus), especie que se había extinguido en la región en el siglo anterior, liberando veintisiete ejemplares procedentes de Andújar (Jaén) y Quintos de la Mora (Toledo). Desafortunadamente, ni los gamos ni los ciervos lograron adaptarse y sobrevivir en el Parque de Covadonga, a diferencia de lo ocurrido con otros congéneres en zonas cercanas.

El jabalí (Sus scrofa), omnipresente en la Montaña de Covadonga, es uno de los grandes mamíferos que habita de manera constante en sus bosques, praderas y matorrales. Aunque es común encontrar huellas de su actividad, avistar a estos animales en persona resulta bastante difícil.

En cuanto a las aves, el Parque alberga especies impresionantes, destacando el águila real (Aquila chrysaetos). Este majestuoso ave sobrevuela desde las cumbres más altas hasta las zonas abiertas más bajas del Parque. Se estima que hay al menos un par de parejas reproductoras en el área, las cuales se encuentran en un estado de conservación favorable gracias a la casi completa erradicación del uso de venenos y la caza furtiva. Este poderoso cazador, en ocasiones, es visto transportando los cadáveres de jóvenes rebecos, que son parte de su presa habitual.

Otro gran ave, más abundante y visible en la región, es el buitre leonado (Gyps fulvus). Aunque actualmente no cría dentro de los límites del Parque, donde históricamente se conocen varias buitreras, sí lo hace en sus alrededores inmediatos. La existencia de cinco colonias en Asturias y cuatro en Cantabria, junto con un notable incremento poblacional que casi duplicó sus cifras en los diez años transcurridos entre el primer y el segundo censo nacional de la especie, alimenta la esperanza de que el buitre leonado pueda volver a reproducirse dentro del territorio actualmente protegido.

Halcón peregrino y polluelos

Entre las rapaces diurnas sedentarias que despiertan gran interés en Covadonga, se encuentran el águila perdicera (Hieraaetus fasciatus), de la cual su situación es poco conocida, y el azor (Accipiter gentilis) junto con el halcón peregrino (Falco peregrinus), ambos con varias parejas nidificantes en el interior del Parque.

La presencia del búho real (Bubo bubo) en el Parque es todavía una incógnita. Aunque se han observado ejemplares en los valles leoneses de Valdeón y Sajambre, no está claro si esta gran rapaz nocturna habita realmente dentro del espacio protegido, y de ser así, su número sería muy limitado.

Otra especie sedentaria en Covadonga es el urogallo cantábrico (Tetrao urogallus subsp. cantabricus), que es más pequeño y de color más claro que su contraparte en los Pirineos. Su estatus no está completamente claro, aunque se sabe que se reproduce tanto dentro del Parque como en los extensos bosques leoneses colindantes.

Además, con la llegada de la primavera, algunas aves migratorias regresan a Covadonga, solo para volver a climas más benignos en otoño. Entre estas, destacan el águila culebrera (Circaetus gallicus) y el alimoche (Neophron percnopterus), ambas especies nidifican dentro del territorio protegido y son ejemplos de aves auténticamente trashumantes

Fuente consultada: La Montaña de Covadonga de Víctor M. Vázquez ( INCAFO)

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