Las montañas de Covadonga, nace un Reino.

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El nacimiento del Reino Astur a partir de la batalla de Covadonga.

El reino asturiano, gestado en las sombras de estas montañas imponentes, se convierte en el faro de la restauración de la España cristiana. Es el refugio de la resistencia que expulsó a los musulmanes, un hito que marcó el devenir de la historia española. Covadonga, con su amalgama de realidad y mito, se erige como un recordatorio eterno de la fuerza espiritual y la determinación que forjaron el destino de una nación.

El nombre de Covadonga, con raíces en el topónimo latino Coua Dominica, que se traduce como «Cueva de la Señora», sugiere una conexión profunda con alguna divinidad precristiana. La exuberante vegetación del valle y la abrupta pendiente del Monte Auseva, donde se encuentra la cueva de la cual emanan cascadas que dan origen a un pequeño río conocido como Deva, derivado del latín Diva que significa «Diosa», insinúan que nuestros antepasados panteístas prerromanos ya concebían este lugar como un enclave mágico y sagrado.


En todos los sentidos, Covadonga inscribe su nombre en los anales de la historia con caracteres dorados a partir de la valiente organización de la resistencia contra los musulmanes, una alianza forjada alrededor del año 718 entre tribus cántabras y astures. Esta gesta fue liderada, con alta probabilidad, por un noble asturiano llamado Pelayo, quien posteriormente se convertiría en el primer monarca del Reino Asturiano. Hacia el año 722, los registros históricos ubican la memorable batalla de Covadonga, un hito donde el núcleo de resistencia del Norte de la península Ibérica se consolidó al derrotar a una columna comandada por Alkama. La magnitud de esta confrontación, ensalzada por múltiples cronistas que interpretan el éxito de los seguidores de Pelayo como una intervención milagrosa de la Virgen, resultó en la cristianización definitiva de Covadonga. Este acontecimiento marcó el inicio del reinado del primer monarca asturiano, quien estableció la corte en la actual ciudad de Cangas de Onís y gobernó con sabiduría hasta su fallecimiento en el año 737.

En la Edad Media, Covadonga albergaba un monasterio benedictino con su templo enclavado en la propia gruta. Sin embargo, a lo largo de los años, el monasterio languideció hasta el reinado de Felipe II. En 1572, Ambrosio Morales, cronista cordobés enviado por el Rey, documentó detalladamente el lamentable estado en el que se encontraba el lugar. No fue hasta el reinado de Felipe IV que se emprendió la reconstrucción de las ruinas y se llevaron a cabo nuevas edificaciones.

No obstante, el 17 de octubre de 1777, durante el reinado de Carlos III, un devastador incendio arrasó el santuario. Ante esta tragedia, el monarca encomendó la tarea de diseñar un nuevo templo al destacado arquitecto y director de la Real Academia de San Fernando, Ventura Rodríguez. Sin embargo, este proyecto nunca llegó a materializarse.

La conexión entre la Monarquía española y este mágico rincón se fortaleció con la visita de Isabel II en 1858, quien acudió para la confirmación de su hijo, el entonces Príncipe de Asturias y futuro Rey Alfonso XII. Este lazo perdura en la actualidad. Fue en esta época, a finales del siglo XIX, cuando Covadonga adquirió su configuración urbanística moderna, consolidándose como un lugar emblemático que lleva consigo la huella histórica y la influencia de la monarquía española.

La historia de este lugar no se limita únicamente a una secuencia de batallas y eventos religiosos. Atraídos por la exuberante naturaleza y la belleza de sus montañas, un grupo de aventureros y científicos sentaron las bases para lo que culminaría en 1918 con la declaración del Parque Nacional. El geólogo alemán Guillermo Schulz desempeñó un papel fundamental al proporcionar las primeras referencias de carácter científico sobre los Picos de Europa. Estas referencias se encuentran plasmadas en sus obras «Vistazo geológico sobre Cantabria» y «Descripción geológica de la provincia de Oviedo», publicadas en 1845 y 1858 respectivamente. En estas obras, se consolida la denominación toponímica de Picos de Europa, reemplazando a términos como Montes, Montañas, Sierras o Peñas que figuraban en mapas y escritos anteriores.

Un pionero en el estudio de estos territorios puede considerarse al ingeniero de minas gallego Casiano de Prado y Vallo, quien más tarde llegaría a ser vicepresidente de la Comisión del Mapa Geológico. En 1851, De Prado intentó ascender a alguna de las cumbres de los Picos, aunque las inclemencias del tiempo se lo impidieron. En 1853, en compañía de los geólogos franceses Verneuil y Loriére, alcanzó la cumbre de la Torre de Salinas, desde donde realizaron mediciones de altitudes que posteriormente fueron publicadas por los franceses. El 12 de agosto de 1856, Casiano de Prado logró la cumbre de la Torre del Llambrión, desde donde recopiló valiosos parámetros geológicos. Además, previamente visitó otros lugares y escribió notas interesantes sobre sitios que hoy forman parte del actual espacio protegido, como el Puerto de Dobres, Caín y la Canal de Trea. El legado de estos intrépidos exploradores y científicos contribuyó significativamente a la comprensión y preservación de la riqueza natural de los Picos de Europa.

Uno de los personajes más fascinantes y notables que exploraron los Picos en la segunda mitad del siglo pasado fue Roberto Frassinelli Burnitz. Nacido en Alemania en 1811 (Ludwigsburg), se convirtió en un «hijo adoptivo» del pueblo de Corao (Cangas de Onís), donde se estableció en 1854 y residió hasta su fallecimiento en 1887. Descansa en paz en la cercana iglesia de Santa Eulalia de Abamia, un lugar de reposo compartido con figuras históricas como el Rey Pelayo y su esposa.

Frassinelli fue una figura polifacética: erudito, bibliófilo, arqueólogo, dibujante, botánico, cazador, alpinista, aventurero y amante de la soledad. Sus conciudadanos lo apodaron cariñosamente como «el alemán de Corao». En las orillas del río Pomperi, cerca de la Vega del Huerto, se encuentra un hermoso paraje conocido como el Pozo del Alemán. En conmemoración del centenario de la muerte de este pionero en la exploración de los Picos de Cornión, la administración del Parque Nacional erigió una fuente de piedra en las proximidades de la vega. Este lugar es un tributo tangible a la memoria y la contribución duradera de Frassinelli a la comprensión y aprecio de la majestuosidad de los Picos de Europa.


En la primavera de 1887, el Archiduque Rodolfo, Príncipe heredero del trono de Austria y Hungría, desembarcó en Ribadesella para explorar los Picos de Europa. Su visita se enmarcó en una expedición cinegética por España, la cual emprendió junto a su cuñado Leopoldo de Baviera y el eminente naturalista y zoólogo Alfredo Brehm. Rodolfo de Austria, hijo del Rey Francisco José I y de la Emperatriz Isabel, conocida como la hermosa y legendaria Sissí, publicó en 1887, dos años antes de su trágico fin, el libro «Cacerías y observaciones». En este, se incluye un capítulo titulado «Esbozos ornitológicos de un viaje a España», ya que la ornitología era su gran pasión, y la captura de grandes rapaces fue el motivo principal de su visita a nuestra tierra.

A pesar de la importancia de la expedición del Archiduque de Austria, que ha pasado desapercibida en gran medida en las obras sobre el Parque de Covadonga, tendremos la oportunidad de explorar más a fondo este fascinante episodio en un momento posterior.


Aymar D’Arlot, Conde de Saint Saud, arribó a Covadonga en 1881 y quedó cautivado por la belleza de las majestuosas cumbres que se divisaban desde el Santuario. En 1890, emprendió la exploración de los Picos de Europa, a los que denominó sus «Pirineos Cantábricos», dando inicio a una meticulosa investigación sistemática de la región. Acompañado por su compatriota Paul Labrouche, recorrió los tres Macizos durante varios años, plasmando sus experiencias en diversas obras de índole montañera, geográfica y cartográfica, con el respaldo del coronel Leon Maury.

Entre sus notables publicaciones, destaca la «Monographie des Picos de Europa», editada por Saint Saud en 1922 en París y reimpresa en 1937. Ambos franceses, enamorados de los Picos, llevaron a cabo la primera ascensión conocida a Peña Santa de Castilla y a la Torre de Cerredo en 1892. Actualmente, la Aguja de Labrouche (2.510 m) y el Risco de Saint Saud (2.570 m), ubicados en las proximidades de Torre Cerredo, son testimonios duraderos del reconocimiento de la comunidad montañera hacia estos pioneros de la investigación geográfica de los Picos de Europa.

En 1905, Ludovic Fontan de Negrin, un alpinista francés, lideró un equipo conformado por el Vizconde Jean d’Usell y Pierre de Naurois en un intento de escalar varias cumbres de los Picos de Europa. Acompañado por guías locales, sus esfuerzos no lograron alcanzar el éxito esperado. No obstante, Fontan plasmó sus experiencias en un artículo titulado «Aux Picos de Europa (Asturies)», el cual posteriormente fue reeditado como libro en Toulouse en 1907, dedicándoselo al Rey Alfonso XIII.

En este documento, el autor realiza hermosas anotaciones y descripciones que abarcan el conjunto de los Picos, destacando particularmente algunos lugares que, con el devenir de los años, serían designados como parte del Parque Nacional. Fontan brinda un relato cautivador, honrando la magnificencia de la región y contribuyendo así a la posterior consagración de estos parajes como un tesoro natural de valor incalculable.

Gustavo Schulze, un destacado geólogo austriaco que obtuvo su doctorado con un estudio pionero sobre los Picos de Europa, marcó un hito en 1906 al realizar la primera escalada en solitario al imponente Naranjo de Bulnes. Hugo Obermaier, geólogo alemán sorprendido por la Primera Guerra Mundial en Asturias, aprovechó su estancia para llevar a cabo una investigación sobre el glaciarismo en los Macizos Central y Oriental.

El elenco de precursores del Parque Nacional de la Montaña de Covadonga se enriquece aún más con la presencia de destacadas figuras como el naturalista, prehistoriador y paleontólogo Eduardo Hernández Pacheco, Ricardo Duque de Estrada, Conde de la Vega del Sella, quien se distingue como uno de los prehistoriadores más prestigiosos del primer tercio del siglo, entre otros destacados individuos.

Sin embargo, los verdaderos arquitectos de la declaración del primer espacio protegido en España fueron S.M. El Rey Alfonso XIII y D. Pedro Pidal y Bernaldo de Quirós, Marqués de Villaviciosa de Asturias. Estos visionarios lideraron la creación de un enclave especial, marcando el inicio de la auténtica reconquista natural de España. Como expresó el Marqués en 1916 ante el Senado, «si antes fueron los árabes quienes nos conquistaron, hoy son las arideces las que nos conquistan».

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